Excusas usuales

“Pilato... pidió agua y se lavó las manos delante de la gente. –Soy inocente de la sangre de este hombre –dijo—. ¡Allá ustedes!”Mateo 27:24

Hay pocas excusas más fáciles de adoptar que encontrar una excusa para no tener que hacer algo bien.

A menudo somos como el hombre que estaba furioso por lo desconsiderada que es la humanidad. Le estaba contando a su esposa que esa mañana había visto a una mujer parada al costado de su auto, bajo la lluvia, con una goma desinflada. No podía creer que tantos automóviles pasaran de largo, sin parar para auxiliarla. Terminó su cuento, diciendo: “Hasta yo hubiera parado si no hubiera estado de camino al trabajo”.

Con qué facilidad nos lavamos las manos ante las responsabilidades creyendo que, de alguna manera, alguien o algo hará lo que tiene que ser hecho, y ganará almas para Cristo.

Jesús nunca usó esa clase de filosofía. Él sabía muy bien que, para que fuéramos salvos, él tenía que hacer lo que hizo. Nadie más tenía el poder, la santidad, y el compromiso necesario para hacerlo. Es por eso que, a pesar del odio y de la incredulidad nuestra, Jesús nunca se lavó las manos de nosotros.

ORACIÓN: Querido Señor Jesús, tú, que no conociste pecado, te convertiste en pecado por mí. Doy gracias porque nunca te lavaste las manos de mí. En tu nombre. Amén.

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