8 de septiembre de 2026

Cualquier cosa que le entregamos a Dios nunca desaparece del todo

Lysa TerKeurst

Lysa TerKeurst

Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir», afirma el SEÑOR. «Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra. Isaías 66:2 (NVI)

Hace muchos años, me subí a un avión sintiéndome muy cansada y sin ganas de hablar con nadie. Decidí sacar mi Biblia de la mochila y colocarla sobre mi regazo. El avión empezó a llenarse y finalmente un hombre de negocios se sentó en el asiento del medio junto a mí. Pensé que tener mi Biblia abierta lo disuadiría de hablar, pero no fue así. Rápidamente dijo, «es interesante que estés leyendo la Biblia».

Le respondí, «Sí, encuentro que es un libro muy interesante. ¿Qué sabes de la Biblia?».

Titubeó un poco al responder, dando la impresión de conocer algunos datos básicos sobre Dios, pero no estaba muy familiarizado con la Verdad bíblica. Después de unos minutos, me preguntó qué sabía yo sobre la Biblia. Le conté algunas cosas y luego le dije, «¿por qué no me haces algunas preguntas y te mostraré dónde leer sobre esos temas en la Biblia?».

Era bastante curioso, y a medida que sus preguntas se volvían un poco más profundas, comencé a orar para que Dios me guiara a las Escrituras correctas. Se convirtió en un diálogo muy significativo, y de repente sentí que Dios me impulsaba a darle mi Biblia a este hombre. 

Mientras le hablaba de Dios, comencé a tener un pequeño desacuerdo con Él en mi mente. Dios, no puedo darle mi Biblia a este hombre. Esta es mi Biblia, la uso constantemente y la tengo desde hace años. Contiene tantas notas, e incluso mis hijos han escrito en ella. Es muy especial para mí.

Pero Dios seguía insistiendo. Finalmente, cerré mi Biblia y la puse en el regazo del hombre. «Creo que mi Biblia te corresponde a ti», le dije.

Asombrado, dijo que no podía aceptar tal regalo. «Dios me dijo que te lo diera», insistí. «A veces el Dios del universo se detiene en medio de toda Su creación para tocar el corazón de una persona. Hoy, se detuvo por ti». 

El hombre tomó la Biblia e hizo dos promesas. Primero, dijo que la leería, y segundo, que algún día la compartiría con alguien más haciendo por él/ella lo que yo había hecho por él. Saqué un recibo de mi bolso y le anoté algunos versículos adicionales, y él siguió su camino.

Después de aquel día, solo hablé con Ron unas pocas veces. Normalmente, historias como esta van y vienen, y ahí termina todo. He regalado otras cosas a lo largo de los años y nunca volví a saber nada de ellas. Y con el paso del tiempo, rara vez pensaba en aquella Biblia y en aquel hombre llamado Ron.

Veinticuatro años después, esa Biblia volvió a encontrarme.

Me halló en un momento en el cual estaba luchando profundamente con el misterio de Dios. Quería entender mejor a Dios. Después de todo lo que había vivido en la última década, me quedó clarísimo que, aunque siempre lo había visto a Dios como protector, Él permitió que algunos de mis mayores miedos se hicieran realidad… el divorcio, una crisis de salud, la pérdida de seres queridos, batallas legales y la lista continúa.

Mis oraciones rogándole a Dios que impidiera esas cosas parecieron inútiles. Y si no podía encontrar seguridad en Dios, tampoco la encontraría en nadie más. Mis pensamientos bullían de desesperación y dudas. 

El año pasado, estaba dando una charla en un evento en San Antonio, Texas, cuando una amiga me presentó a algunas mujeres que querían verme. Era la hija de Ron, la hermana de Ron y una amiga de la familia.

¡No podía creerlo! Me contaron que, después de leer la Biblia, Ron entregó su corazón a Jesús. Luego, con el tiempo, guió a su familia hacia Jesús. Guardó la Biblia que le di, y se convirtió en un tesoro para él. Había fallecido unos años antes de que yo conociera a su familia, y la Biblia pasó a manos de su hija. 

Con lágrimas en los ojos, me dijo que la había traído consigo y me la mostró. Me quedé asombrada. Lentamente, tomé la Biblia y la abrí. Al pasar las páginas, pude ver todas mis notas de años atrás. Y entremezclados con mis notas estaban las de Ron. Y entremezcladas con los apuntes de Ron estaban los de su hija. 

Me contó que esta Biblia la había sostenido, la había guiado y la había ayudado a superar el dolor devastador de perder a su padre a una edad tan temprana. 

Mientras hojeaba la Biblia, encontré un pequeño trozo de papel escondido en su interior. Era el recibo que había sacado de mi bolso para escribirle versículos a Ron en el reverso. Tenía la fecha del 25 de octubre de 2001. Hace veinticuatro años.

Mira lo que hizo Dios. 

Mientras la familia de Ron y yo asimilábamos esto juntas, lloré, ellas también, pero sobre todo nos quedamos maravilladas ante este momento. Me asombró la bondad de Dios al cerrar este círculo. No tenía por qué hacerlo, pero eligió dejarnos ver lo que solo Él podía hacer.

Le saqué fotos a la Biblia y luego se la devolví a la hija de Ron. « Dios sí que nos ama, ¿verdad?».

Ella asintió. Después de que se fue, me senté en silencio a solas. Quería absorber todo lo que acababa de experimentar. Y las palabras que se repetían en mi mente eran las siguientes:

Todo lo que ponemos en manos de Dios jamás desaparecerá del todo. Podemos sentir miedo a la pérdida, al dolor, al sacrificio, a la decepción, a que nos rompan el corazón y a confiar en Él cuando no lo entendemos para nada. Pero no tenemos por qué seguir teniendo miedo.

Hay un versículo que me encanta recordar cuando pienso en poner las cosas en manos de Dios. “Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir», afirma el SEÑOR. «Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra” (Isaías 66:2). 

¡Qué poderosas son las manos de Dios! Sus manos restauran, enjugan las lágrimas y sostienen a Su pueblo con amor y cuidado. 

Él puede convertir la pérdida en propósito. Puede transformar el luto en sanidad. Puede transformar el sacrificio en dones que obsequiamos con alegría. Puede convertir nuestras decepciones en perspectivas de paz. Puede transformar corazones rotos en una profunda sensación de ser amadas por Dios mismo. Él concede tal favor a quienes confían humildemente en Él porque se conmueven profundamente por Su Palabra.

Y yo quiero ser una mujer así.

Señor, gracias por ser digno de confianza incluso cuando no comprendemos lo que haces. Ayúdanos a soltar aquello que tememos entregar, poniéndolo completamente en Tus manos, sabiendo que puedes redimir, restaurar y dar sentido a cada sacrificio y cada dolor. Danos corazones humildes que tiemblen ante Tu Palabra, y danos valor para confiar en Ti cuando el camino parezca incierto. Recuérdanos que nada de lo que te confiamos se pierde, y que nuestras vidas sean un hermoso testimonio de Tu fidelidad para las generaciones venideras. En el Nombre de Jesús, Amén.

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Juan 2:5, Su madre [de Jesús] dijo a los que servían: «Hagan todo lo que Él les diga». (NBLA)

¿Hay algo que Dios te ha estado sugiriendo hacer pero sigues dudando en llevarlo a cabo? Podría ser una oportunidad para verlo obrar como nunca antes. Nos encantaría leer tus reflexiones en los comentarios. 

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Lysa TerKeurst is a #1 New York Times bestselling author and president of Proverbs 31 Ministries. Her latest book is Seeing Beautiful Again: 50 Devotions to Find Redemption in Every Part of Your Story (March 2021). Lysa lives with her family in North Carolina. Connect with her at LysaTerKeurst.com or on social media @LysaTerKeurst.